Por Manuel Hernández Villeta

Si se oculta el pensamiento y se calla la voz, perderemos todo lo que tenemos: el derecho a la libre opinión, y a desde nuestra conciencia señalar lo que está mal y lo que está bien. Lo único que nadie nos puede quitar es nuestra conciencia y nuestros sentimientos.

En forma voluntaria muchos callan, para evitar los conflictos, otros tienen miedo hasta de su pensamiento, porque saben que está en ebullición contra las injusticias. Estamos muriendo en vida, cuando se oculta por miedo y falta de valor externar lo que siente nuestra conciencia contra las injusticias.

La verdad tiene un sello social, colectivo, pero también personal. La verdad es manoseada por la conveniencia de cada segmento social, pero a usted le toca defender su verdad, la que se inscribe de acuerdo a lo que piensa y considera como la aplicación genuina de la justicia.

Nuestro país ha vivido la mayor parte de su historia en medio de la barbarie y del cercenamiento de las libertades públicas. El primer derecho que se pierde en las dictaduras, es la obligación de que cada cual pueda expresar libremente su pensamiento.

El siglo 20 fue de dictadores, de violaciones a los derechos humanos, de páginas negras y rojas que ensombrecieron el espíritu de civilidad, y en muchas ocasiones nos lanzaron a las patas de los desbocados caballos del autoritarismo. Entre la dictadura de Trujillo y los doce de Balaguer se nos fueron más de 50 años, la mitad del siglo 20 en medio de la ignominia.

En las dictaduras, la vida no vale nada. Lo único que importa es la imposición de la idea totalitaria de que la voz del mandamás de turno es el relámpago y el trueno y que la mínima oposición debe ser ahogada en sangre.

En ese siglo 20 de dos intervenciones militares norteamericana y de la era de los generales de montoneras y los incesantes golpes de Estado, el pueblo dominicano a costa de los mayores sacrificios dio un paso adelante, y luchó siempre contra la represión.

Poco se avanzó. A tropezones se han logrado libertades básicas, pero en sentido general el país caminó a cuenta gotas. Hoy, como pasó en el ayer lejano, hay que seguir defendiendo la libertad de prensa, de libre expresión de las ideas, y del derecho a disentir.

Un nuevo aniversario del asesinato de Orlando Martínez es un buen instante para reflexionar. Si no hay vigilancia constante y defensas oportunas, la libertad de expresión perece sin dejar rastros. El compromiso de los comunicadores de hoy, y de todo el pueblo, es seguir luchando para que la libertad no perezca.

Orlando y muchos otros perdieron su vida defendiendo esa libertad de prensa. Poco importa del lado de la trinchera en que esgrimieron sus plumas. Los que cercenan las libertades públicas y el derecho a opinar, llevan al pueblo a una encerrona y a un entierro en vida. La paz y la confraternidad no pueden existir si se ahoga el grito de libertad y se incinera la pluma. ¡Ay!, se me acabó la tinta.