Por Manuel Hernández Villeta

La llamada democracia ha sido una gran fantasía para los dominicanos. Nunca hemos vivido en un pleno disfrute de un ambiente de participación democrática. Nuestro símbolo ha sido lucha y sufrimiento. En cada momento de la historia hombres de fuerza han conculcado las libertades públicas.

Desde su nacimiento, la República Dominicana conoció la traición, el desconocimiento de los mejores ideales patrios, pero en cada ocasión surgieron jóvenes dispuestos a enfrentar las dictaduras, a costo de sus vidas.

La larga historia dominicana demuestra a simple vista que la realidad histórica ha sido la dictadura. La democracia solo ha tenido destellos, instantes tan fugaces que no pasan de ser una chispa en medio del gran fuego de la sinrazón.

Nunca los dominicanos han doblado las rodillas, a pesar de vivir en medio de las dictaduras más sangrientas. El estudio de la historia nos indica que hay que hacer nacer la democracia, porque siempre ha estado ausente. Ya lo hemos dicho en varias ocasiones, del siglo 20 hay por lo menos ochenta años entre dictaduras, golpes de Estado, guerras de manigua y las intervenciones militares de los Estados Unidos.

Viejos robles y jóvenes que buscan su espacio tienen hoy que ir de a plantear soluciones a los graves males nacionales para hacerle frente y derrotarlos. Nos reciclamos en los problemas, porque nunca han sido solucionados. Si vemos el editorial de un periódico independiente entre los años 20 y 30 del siglo pasado, veremos que las demandas son casi las mismas de hoy: trabajo, educación, salud, libertades públicas, entre otras.

Hoy tenemos la misma agenda. Hay miles de hombres sin trabajo, la mujer no puede integrarse plenamente a los medios de producción, hay déficits en los programas de salud, se busca adelantar en el tema de la educación, pero se necesita algo más que garantizar tres comidas en las tandas extendidas, y las libertades públicas se mantienen con apertura a la libre expresión del pensamiento.

La principal variante es que el país abandonó el campo. Dejó de tener una población mayoritariamente campesina y analfabeta, para pasar a tener el mayor enclave poblacional en las grandes ciudades, y en especial en sus barrios marginados.

El crecimiento desorganizado de las ciudades ha parido la ola de delincuencia, con la carga de exclusión social, de cierre de oportunidades, pero también los vicios e indolencias propio de las sociedades sub ?desarrolladas, casi salvajes, cuando reciben influencias de las grandes potencias y toda su podredumbre.

No hay que excluir a los viejos ni impulsar a los jóvenes, lo que tiene que darse es un consenso de ideas progresistas, de buenas intenciones y el dar los pasos iniciales al emprender una lucha para lograr el desarrollo general del país. Estamos retrasados y necesitando que las manos que se aferran al timón del barco no pierdan la brújula. ¡Ay!, se me acabó la tinta.