Ante el sagrario de mi mismo,

abrazo a todas las criaturas celestiales y terrenas.

Sí, confieso, que me he propuesto descansar,

para crecer por mar adentro y adentrarme

en mí mismo, e interrogarme tras el silencio.

Me gusta abrirme y descubrirme el corazón,

para sentir y expresar lo que en mí florece,

la gloria de Jesús y la gracia del sustento,

el germen de su divinidad sobre nosotros,

la ternura más tierna capaz de enternecernos.

También me propuse, desde ayer, ser cauce

que encauce la quietud de los moradores;

son tantas las inquietudes vertidas cada día,

son tantos los suspiros sembrados cada noche,

que los abecedarios del alma no ríen, sollozan

en cautiverio, claman por otros vuelos más libres,

que la poética libertad no es para predicarla,

sino para vivirla en el yo y para beberla contigo.

Que coexistir es entregarse y verse en el otro,

perdonar y absolverse, enamorar y donarse,

entusiasmar y ensamblarse al pulso del orbe,

vivir hasta desvivirse por el análogo, soñar

y recrearse, creerse Hijo de Dios, merecer serlo,

perseverar por obrar bien, que bondad y virtud

no conoce la soledad, y reconoce que el verso,

es lo que nos trasciende y enciende la lucidez.

Pensemos que la memoria es el aroma del ser,

que los recuerdos son el perfume de cada cual,

que las vivencias, conveniencias y convivencias,

son atmósferas que nos reprenden y nos hacen

aprender el sencillo arte de querer, queriéndonos.

Porque al fin, uno es lo que es, un soplo de luz

que al Padre requiere, un firmamento de sueños,

que nos alimentan el cuerpo y nos alientan al amor.

Víctor Corcoba Herrero

corcoba@telefonica.net

15 de diciembre de 2018