Por Manuel Hernández Villeta

La verticalidad de un líder es fundamental. Dar un paso hacia adelante y dos hacia atrás, también es de un buen estratega. La iglesia da, y se retira, pero queda de por medio la tinta vertida y las opiniones expresada frente a todo el país.

Los pronunciamientos de monseñor Francisco Ozoria sobre una dictadura en República Dominicana pudieron ser candentes, explosivos, pero las justificaciones para enmendar los hechos caen en el ridículo. Un líder religioso no puede avergonzarse de sus propias expresiones.

No hay forma de desmentir el sermón de las Siete Palabras, son curas de barrio y poblaciones que están a nivel de la marginalidad. Pocos como ellos conocen lo que es el abandono económica o las presiones sociales que se ejercen en el país.

Ozoria tiene que seguir trillando su camino, evitando seguir los pasos del Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez. Es su momento, pero tiene que comprender que si entra a un bosque en llamas se puede quemar, es un riesgo del oficio.

Por muchos años la Iglesia ha vuelto la cabeza, para no ver las injusticias, y se ha puesto cera en los oídos, para no escuchar clamores populares. No es con rectificaciones que se va a ganar un total respeto de la comunidad. Mejor pensar lo que se va a decir.

La iglesia tiene que ponerse el manto del hombre nuevo. Jesús lo dijo, y lo vivió en cuerpo vivo. Es necesario el hombre nuevo, sin ataduras con el pasado, ni sometimientos con el presente. Solo así se podrá transitar por la senda de la verdad.

Jesús predicó que solo la verdad os hará libres. La verdad muchas veces no está en cristal transparente. La verdad se quiere acondicionar a los problemas personales, o de sectores sociales. Pero hay una verdad. La que nos hará libres si la conocemos.

La Iglesia de hoy tiene que lidiar con los problemas espirituales, pero también con los dolores sociales. Siempre la iglesia ha estado ligada a la política, en muchas ocasiones un trampolín de poderosos, por lo que más que nunca se hace necesario ponerse las sandalias del pescador.

Las fragilidades de las instituciones dominicanas solo nos indican que estamos en un país donde pocos pueden pisar el piso enfangando sin resbalar. La utilización en forma incontrolada de la lengua puede llevar al fracaso.

El apóstol Santiago dice en el capítulo 1 versículo 26: Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana. ¡Ay!, se me acabó la tinta.