Culpar al presidente Danilo Medina, por tener que incrementar la deuda externa en cerca de 3500 millones de dólares para financiar el presupuesto de gastos del 2014, no sería justo; pero eso tampoco nos quita preocupación.

Durante los últimos cinco años la magnitud del déficit fiscal ha ido creciendo de manera vertiginosa, promediando entre 2008 y 2011 la suma de 50 mil millones de pesos anual, y alcanzando en 2012 un nivel sin precedentes de 175 mil millones de pesos. Ya para este año que transcurre se espera que dicho déficit termine cerca de 150 mil millones de pesos, ligeramente inferior al del año anterior, debido, especialmente, a los ingresos que han sido y serán percibidos por el Estado dominicano como resultado de la Reforma Fiscal que se llevó a cabo a finales de 2012.

El monto total de la deuda externa habrá llegado para el próximo año al 41.5% del PIB, comprometiendo para la amortización y el pago de los intereses más del 30% de los ingresos establecidos en el presupuesto.

La realidad, expresada con toda su crudeza, es que durante las últimas décadas hemos gastado de manera progresiva mucho más dinero del que nos ha ingresado, y pareciera como si el mañana no nos preocupara o como si el destino de las nuevas generaciones de dominicanos no estuviera incluido en nuestra lista de prioridades.

El problema de la deuda no solo se ha agravado debido a un mal manejo presupuestario y fiscal de las autoridades dominicanas, sino también por implementación de políticas crediticias irresponsables por parte de los propios organismos multilaterales, los cuales abrieron la llave y estimularon el endeudamiento con el pretexto de hacer frente y neutralizar los efectos de la crisis financiera que desde el 2008 ha venido desestabilizando las economías de los principales países desarrollados.

Sin embargo, una carrera de endeudamiento que se mueva a la velocidad con que se mueve en la República Dominicana solo puede tener un resultado final: el desastre.

Mirémonos en el espejo de Grecia para que podamos visualizar con exactitud la magnitud de las consecuencias. La deuda externa en ese país creció de manera descontrolada durante los últimos 10 años, hasta alcanzar la cifra de los 303 mil millones de euros en el 2012 (cerca del 156% del PIB), provocando un verdadero desastre financiero, que como era de esperarse degenero de inmediato en grandes convulsiones sociales y políticas que obligaron la renuncia de altos funcionarios públicos y de primeros ministros, creando un manto de incertidumbre sobre la estabilidad financiera de toda la Unión Europea.

Los factores que provocaron en Grecia la acumulación de una deuda tan astronómica fueron exactamente los mismos que hoy pudieran conducir a la República Dominicana hacia el caos financiero. Los gobiernos griegos habían utilizado durante varios años las facilidades crediticias disponibles para financiar el gasto público a través de préstamos internacionales, engañando por un buen tiempo a los acreedores con falsas estadísticas económicas. Finalmente el engaño se hizo insostenible y el día menos pensado las autoridades de ese país amanecieron envueltas en un caos financiero tan grande que les obligo a abrirse a la verdad y a aceptar que ya no tenían recursos para pagar la deuda externa y que necesitaban de un rescate urgente por parte de la comunidad económica europea.

Las medidas para controlar el caos no se hicieron esperar: despido de miles de empleados y burócratas públicos, reducción progresivas de los salarios, hasta llegar a un 40%, drástica reducción de los gastos en educación y salud, aumento de la edad para las pensiones, incrementos de IVA y de otros impuestos, así como el establecimiento de una rígida política de austeridad.

En la República Dominicana las cosas no parecen que vayan a ser diferentes si no se le pone un alto al desenfreno. La deuda externa se ha colocado en cerca de los 20 mil millones de dólares. Nuestros principales acreedores, los organismos multilaterales (BID, Banco Mundial y FMI), el gobierno de Venezuela y los tenedores de bonos empiezan a mostrar preocupaciones y para mantener las buenas relaciones y poder cumplir con nuestras obligaciones con ellos, hemos tenido que apelar a diferentes subterfugios, algunos de los cuales, como el de contraer deudas nuevas para pagar las viejas, resultan ser contraproducentes y peligrosos.

Hasta ahora todo ha salido bien. ¿Pero hasta cuándo?

Algunos analistas y funcionarios consideran que nuestro país aun no ha llegado al limite de su capacidad de endeudamiento y que con una deuda del 41.5% del PIB no hay motivos de preocupación. A ellos les recordamos que el país cayó en un situación de impago de la deuda externa en el año 1982, cuando todavía esta carga financiera era apenas el 31.8% del PIB.

Con un crecimiento económico del 3%, que es el que se ha estimado para el próximo año, yo no estaría tan optimista. Lo que en definitiva, nos asegura que podemos cumplir con esos compromisos y enfrentar los retos fiscales que tendremos en el futuro inmediato no es el tamaño que tenga la deuda en relación con el PIB, sino la capacidad que exhiba la economía para producir riquezas. Nuestra balanza comercial esta de un solo lado, pues desde hace años somos un país de importadores. La capacidad para generar dólares se reduce cada vez más, cuando vemos que nuestras principales fuentes de divisas, el turismo, las zonas francas y las remesas, desfallecen a consecuencia de la larga crisis económica que desde el 2008 ha sacudido a las naciones desarrolladas.

A este problema de la deuda externa y su peso dentro del presupuesto de gastos del 2014 hay que agregarle, además, otros de no menor impacto sobre la frágil economía del gobierno. Nos referimos a la deuda interna, que ronda los 10 mil millones de dólares y al subsidio al sector eléctrico, que ya alcanza la suma de 900 millones de dólares al año.

Un presupuesto cuyo contenido de gastos apenas dedique el 11% a capital de trabajo jamás podrá ser un instrumento efectivo de combate contra la pobreza y mucho menos un instrumento de desarrollo de una nación.

Encontrar petróleo o minas de diamantes y de carbón pudiera ser una salida para producir de manera rápida la riqueza que nuestra economía necesita para ponerse al frente de todas las obligaciones que genera el pago de la deuda externa, los aumentos salariales, el subsidio a la CDEEE, el pago de una nomina desorbitada. Lamentablemente no estamos en condición de soñar. El crecimiento de nuestra economía tendrá que venir desde la dinámica que seamos capaces de impulsar en aquellos sectores que intervienen en la producción de riquezas del país.

En el año 2010, la Unión Europea tuvo que salir al rescate de Grecia para evitar el desastre total de su economía, mas por el temor de que su crisis financiera provocara un efecto de contagio hacia los demás países de la región, que por el cariño y la solidaridad que sentían hacia esa nación.

Y a nosotros, en caso de default, ¿quién podrá defendernos?

Escrito por:

José Tomás Pérez

@josetomasperezv

El autor es político, ex senador de la república.